lunes, 4 de agosto de 2014

Que te vuelvan a ver…

Ni siquiera te conocí ni siquiera alcancé a ver tu rostro ni siquiera sé qué hacías justo en esa avenida, por supuesto ni siquiera supe tu nombre. Sin embargo, te fuiste y al hacerlo te atravesaste en mi camino y en el de varios que estábamos ahí: unos cruzando la calle, otros dentro del coche y, todos, todos, metidos en lo nuestro.
Desde que tu cuerpo deshecho, tirado sobre el asfalto, se cruzó en nuestras vidas, al final de aquella jornada, no dejo de pensar en ti. Aún imagino tu cara, a tu familia, quizás a tus hijos y a todos tus seres queridos. Ellos que, esa noche, se quedaron esperándote, pero sólo recibieron una llamada o un mensaje o una visita que les dio la noticia final: tu cuerpo no resistió el golpe y quedó sobre la vía, mientras tu alma seguía su viaje sin alcanzar a decir adiós a quienes más querías.
No te conocí, pero estás en mis pensamientos. Esa noche sólo pude hilar una desordenada oración, con la esperanza de que encuentres pronto tu ruta, con la ilusión de que pocos pendientes te retengan y cruces hacia la felicidad, con la esperanza de que tus amores te vuelvan a ver… cuando llegue el momento.
Adiós…

lunes, 16 de junio de 2014

El mar fluye

Las gotas de agua que ahora tocan la arena no volverán a hacerlo; aunque parezca lo contrario cuando las olas besan la playa. Sin embargo, la fuerza del agua empuja a esas gotas lejos de la playa, y en ese girar y girar se alejan irremediablemente de  la tierra para recorrer las masas líquidas hasta tocar otra playa, en algún lejano lugar o quizás en otro cercano, pero casi nunca el mismo.
Nosotros, como esas gotas, somos  lo mismo. Cambiamos, fluimos y nunca pisamos el mismo suelo, aunque nuestra perspectiva nos engañe y todo parezca detenido, en ese día a día repetitivo: comidas, estudios, trabajo, casa…
Quizás por eso sentimos tristeza. Estamos pegados a nuestra realidad reiterativa y no nos damos cuenta que podemos movernos, que cada día puede ser diferente; aunque el ir y venir de las horas parezca detenernos en el mismo sitio.
O tal vez sentimos tristeza porque nos damos cuenta de este movimiento incesante, pero elegimos  la rutina diaria y no cruzamos el inmenso océano que nos espera más allá de la rutina.


¿Qué pasaría si dejáramos la cama cinco minutos antes? ¿Ese adelanto nos llevaría a otros mundos, a otra vida?