Ni siquiera te
conocí ni siquiera alcancé a ver tu rostro ni siquiera sé qué hacías justo en
esa avenida, por supuesto ni siquiera supe tu nombre. Sin embargo, te fuiste y
al hacerlo te atravesaste en mi camino y en el de varios que estábamos ahí:
unos cruzando la calle, otros dentro del coche y, todos, todos, metidos en lo
nuestro.
Desde que tu
cuerpo deshecho, tirado sobre el asfalto, se cruzó en nuestras vidas, al final
de aquella jornada, no dejo de pensar en ti. Aún imagino tu cara, a tu familia,
quizás a tus hijos y a todos tus seres queridos. Ellos que, esa noche, se
quedaron esperándote, pero sólo recibieron una llamada o un mensaje o una
visita que les dio la noticia final: tu cuerpo no resistió el golpe y quedó
sobre la vía, mientras tu alma seguía su viaje sin alcanzar a decir adiós a
quienes más querías.
No te conocí,
pero estás en mis pensamientos. Esa noche sólo pude hilar una desordenada
oración, con la esperanza de que encuentres pronto tu ruta, con la ilusión de
que pocos pendientes te retengan y cruces hacia la felicidad, con la esperanza
de que tus amores te vuelvan a ver… cuando llegue el momento.
Adiós…