lunes, 16 de junio de 2014

El mar fluye

Las gotas de agua que ahora tocan la arena no volverán a hacerlo; aunque parezca lo contrario cuando las olas besan la playa. Sin embargo, la fuerza del agua empuja a esas gotas lejos de la playa, y en ese girar y girar se alejan irremediablemente de  la tierra para recorrer las masas líquidas hasta tocar otra playa, en algún lejano lugar o quizás en otro cercano, pero casi nunca el mismo.
Nosotros, como esas gotas, somos  lo mismo. Cambiamos, fluimos y nunca pisamos el mismo suelo, aunque nuestra perspectiva nos engañe y todo parezca detenido, en ese día a día repetitivo: comidas, estudios, trabajo, casa…
Quizás por eso sentimos tristeza. Estamos pegados a nuestra realidad reiterativa y no nos damos cuenta que podemos movernos, que cada día puede ser diferente; aunque el ir y venir de las horas parezca detenernos en el mismo sitio.
O tal vez sentimos tristeza porque nos damos cuenta de este movimiento incesante, pero elegimos  la rutina diaria y no cruzamos el inmenso océano que nos espera más allá de la rutina.


¿Qué pasaría si dejáramos la cama cinco minutos antes? ¿Ese adelanto nos llevaría a otros mundos, a otra vida?