Las gotas de agua que ahora tocan la arena no volverán a
hacerlo; aunque parezca lo contrario cuando las olas besan la playa. Sin
embargo, la fuerza del agua empuja a esas gotas lejos de la playa, y en ese
girar y girar se alejan irremediablemente de la tierra para recorrer las
masas líquidas hasta tocar otra playa, en algún lejano lugar o quizás en otro
cercano, pero casi nunca el mismo.
Nosotros, como esas gotas, somos lo mismo.
Cambiamos, fluimos y nunca pisamos el mismo suelo, aunque nuestra perspectiva
nos engañe y todo parezca detenido, en ese día a día repetitivo: comidas,
estudios, trabajo, casa…
Quizás por eso sentimos tristeza. Estamos pegados a
nuestra realidad reiterativa y no nos damos cuenta que podemos movernos, que
cada día puede ser diferente; aunque el ir y venir de las horas parezca
detenernos en el mismo sitio.
O tal vez sentimos tristeza porque nos damos cuenta de
este movimiento incesante, pero elegimos la rutina diaria y no cruzamos
el inmenso océano que nos espera más allá de la rutina.
¿Qué pasaría si dejáramos la cama cinco minutos antes?
¿Ese adelanto nos llevaría a otros mundos, a otra vida?
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