En el fondo de mis ojos hay un abismo. En el fondo oscuro
habita mi mayor miedo. Ese desconocido está agazapado ahí desde hace decenios. Ese
que no tiene nombre, a veces susurra desde la parte más recóndita de la sima
acuosa de mis retinas, desborda el límite de mis párpados y, sin aviso previo,
inunda mi rostro.
En ese abismo habitan mis miedos y desconsuelos. Esos
momentos que no quiero recordar, pero que no puedo olvidar: la última mirada de
quien se fue a otro plano; la última sonrisa de mi madre antes de perderse en
el laberinto de su mente…
… Y, en especial, aquella vez cuando, hace ya mucho
tiempo, el primer amor me deslumbró. Ese amor que acompañó mi primer
crecimiento, mi primera transición, mientras yo seguía enceguecida ese sendero
que marcó el resto de mis amores.
Ese amor que se llevó todo y me dejó extraña e inexplicable
para otros amores que posaron sus miradas frente a la mía. Esos que,
invariablemente, huyeron porque vieron el abismo y creyeron vislumbrar su fondo,
pero que sólo contemplaron la superficie helada y oscura…
… Quizás fue mejor así… porque ahí en el fondo sólo estoy
yo, con miedo, frágil y aún niña. En el fondo no hay defensas y, tal vez, corro
el riesgo de quedar nuevamente deslumbrada.
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