Mientras descansaba sobre una banca en la plaza, con los ojos fijos en
la nada, se sentó a mi lado el amor. Me sonrió, yo le sonreí (como en la
canción), platicamos un buen rato, nos miramos hasta lo más profundo de
nuestros ojos y nos dimos un abrazo…
Luego, él se levantó, me hizo un gesto con la mano para que
lo siguiera, pero yo me quedé quieta: no pude reconocerlo. Mi amor no se parecía
al príncipe azul esperado, era muy “normalito”… Por
eso se fue con los ojos entristecidos y no me di cuenta hasta que el día
terminó y mi banca en la plaza se confundió con la oscuridad de la noche.
Cuando quise buscarlo ya era tarde, había partido hacia el infinito…
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